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Los corsarios según José Güich

In .Inicio, Réplica on 26 agosto, 2011 at 4:42 PM

Gracias a una coordinación con el editor de la revista Punto de Equilibrio, puedo replicar aquí un excelente artículo escrito por José Güich, autor de libros como El misterio de la loma amarilla.  Es sobre la concepción de los marineros, corsarios y piratas en la literatura.  Excelente, lamentablemente el visualizador online de la revista en cuestión es tan vanguardista que es imposible enlazar al artículo mismo o copiarlo para colgarlo en otro lado.  Pero aquí está, con permiso del editor.

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Vidas al borde: Historias de corsarios

José Güich Rodríguez*

Desde tiempos remotos, el mar ha colmado profundamente la imaginación humana. La abundancia de leyendas y mitos, en diversas latitudes y tiempos, que beben de los océanos su inspiración primordial, ha extendido sus fueros a la literatura.

Debiéramos remontarnos incluso a la Odisea o a los relatos sobre el legendario Simbad insertos en Las mil y una noches para contar con dos de los más antiguos testimonios relevantes acerca de esta conexión dramática entre los hombres y ese ingobernable, terrible reino de las aguas.

Con el paso de los siglos, se fue edificando un género literario conocido como “narrativa del mar”, para dar cabida a una serie de historias sustentadas en la lucha heroica de quienes se aventuran por esos rumbos para enfrentarse cara  a cara con la fuerza e imprevisibilidad de los elementos.

Ahí, por supuesto, campean autores geniales y diversos como Defoe, Swift, Melville, Verne, Stevenson o Conrad. De hecho, es una corriente que, dadas sus características, solo puede adquirir plena identidad durante el Romanticismo, primera mitad del siglo XIX, cuando la exaltación del sentimiento, la intuición y las pasiones individuales llevadas al extremo se convierten en una especie de faro para una legión de escritores.

Creo que con la llamada “narrativa del Mar” se han vertido muchos juicios profundos, así como probablemente algunos demasiado ligeros. El carácter de estos relatos, asociados a la aventura y a las anécdotas trepidantes, los ha cubierto de una capa equívoca, que no ha permitido en muchos casos apreciar su riqueza conceptual o poética.

Eso, por ejemplo, ha ocurrido con novelas como Moby Dick, del ya citado Melville, que en manos de editores tan ladinos como un filibustero, se han adaptado a un formato más sencillo, dirigido especialmente a un mercado creciente de jóvenes lectores. Es obvio que también esto ha afectado, en mayor o menor medida, a otros grandes representantes.

Presentar al oscuro libro del norteamericano, cuyo protagonista, Ahab, persigue, con obsesión malsana, a una ballena blanca, acarreando con ello la ruina propia y de toda la tripulación como una novela juvenil -cuando no fue escrita para ese público-, ha provocado más de un malentendido.

Con ello no afirmo que eso sea del todo negativo: lo que sostengo es que, en primer lugar, no debería jamás falsearse la naturaleza de un texto y, en segundo, que no debe subestimarse la capacidad de los jóvenes para disfrutar de obras maestras solo porque la aventura está mezclada con reflexiones acerca de la vida, la muerte, el destino y la libertad que no solo Moby Dick plantea, sino también otros grandes libros, cada uno dentro de sus alcances particulares.

Por otro lado, sería injusto olvidar que esos sagaces empresarios son los responsables de impulsar  la obra de alguien como Verne y, por supuesto, como Emilio Salgari (ambos sí adscritos a un circuito pensado casi exclusivamente para jóvenes) sobre cuya novela El corsario negro efectuaré algunas reflexiones.

Ambos presentan afinidades en sus proyectos narrativos y se forjaron como escritores guiados por el mismo espíritu de exploración y búsqueda de mundos lejanos, muy distintos de los poco atractivos panoramas que ofrecían sus países de origen, que en mayor o menor medida se hacían más urbanos por causa de la industrialización y, por ende, más despersonalizados. De más está aclarar que la literatura juvenil no está reñida con la excelencia: muchas de estas obras se han convertido en clásicos que trascienden las etiquetas o los planes de los editores.

Nacido en Verona, Italia, en 1862, Salgari fue un típico hijo de ese siglo XIX que alentó el progreso y la fe en el futuro, pese a las barbaridades del colonialismo europeo. No me extenderé demasiado en una existencia plagada de conmociones y penurias (muchos miembros de su familia se suicidaron y él mismo terminó con su vida en 1911, hace cien años). Es conocida la carta que envió a su editor, en la que le pedía por lo menos un sepelio digno, a cambio de haberlo obligado vivir al borde de la indigencia mientras el librero se enriquecía. No fue uno de esos casos de gloria acompañada por una holgadísima posición económica.

Su abundante cosecha lo llevó a convertirse en unos de los autores más populares de su época. Fue indiscutible estrella de la novela por entregas, filón sumamente difundido en Europa y que hizo verdaderamente ricos a escritores como Dumas, Dickens y el propio Verne. Es innegable que al referirnos a Salgari, el nombre de Sandokán, el famoso Tigre de la Malasia, es el primero que evocamos, en especial aquellos que nos hemos iniciado en las letras con estas historias inolvidables, capaces de transportarnos a mundos donde aún quedaban muchos escollos que superar o enemigos que combatir.

También es ciertamente digno de memoria el noble italiano Emilio di Roccabruna, señor de Ventimiglia, llamado El Corsario Negro por amigos y enemigos. Esta novela, aparecida en 1898, abrió un ciclo que se extendería hasta 1908, cuando fuera publicada Los últimos filibusteros. Añadiremos que Salgari escribió narraciones de diversa índole (algunas, incluso, ambientadas en el lejano Oeste), pero fue en el vitalista subgénero de piratas y corsarios donde alcanzó sus mayores logros.

La personalidad del Corsario es similar a otras creaciones de Salgari: se trata de un hombre sombrío, vestido siempre de negro, quien ha asumido la misión de la venganza como un norte excluyente, sin que nada pueda apartarlo de su incesante búsqueda, frente a la cual antepone cualquier atisbo de felicidad personal.

Poco se sabe de su pasado al comenzar la novela: no es el dinero lo que anima su propósito, pues lo tiene de sobra y opta por repartir las ganancias entre sus fieles acompañantes. Ha sabido rodearse de colaboradores, como el contramaestre Morgan, que parecen sentir por él una mezcla de respeto, admiración y temor. Sabemos que tres hermanos suyos (dos de ellos, también corsarios), han sido asesinados por el tiránico Wan Guldt, el gobernador de Maracaibo (en la actual Venezuela), un feroz enemigo de su familia por años (todo esto se sugiere a través de información escueta).

Aunque no se mencionan fechas exactas, asumimos que los hechos transcurren en la segunda  mitad del siglo XVII (hacia 1665), período en que el tráfico comercial por el Mar Caribe y el Golfo de México ya se había consolidado y atrae la codicia de piratas, corsarios, filibusteros y bucaneros de toda laya. Puede sugerirse tal fecha gracias a un personaje histórico que en la ficción es amigo del Corsario Negro. Se trata de un filibustero apodado el Olonés, cuyo verdadero nombre fue Juan Manuel Nan, y que durante esa época devastó Maracaibo.

Confieso que yo no he intentando delimitar con profundidad qué significa cada término -según lo entrevisto, sin caer en los estereotipos, todos parecen coincidir en la pasión y codicia por el oro, el desenfreno, el poco respeto por sus vidas y las de otros, etc.-.

He averiguado, por fin, que no aluden a lo mismo: el corsario trabaja con  “patente de corso” para una potencia marítima (de ahí su denominación), y se le permite saquear las embarcaciones de los estados enemigos; el pirata es un ladrón comprometido consigo mismo que ataca como tiburón o barracuda en alta mar (fuera de aguas nacionales); el filibustero es un tipo especial de pirata de las Antillas que se limita a azotar costas, sin alejarse demasiado de ellas y el bucanero, un ex-ahumador de carne de vacuno metido a pirata por necesidad. Sin importar la agremiación, todos saben que se juegan la cabeza en cada trabajo de rapiña: el castigo contra el bandolerismo se paga con la horca, de la que penderán hasta que sus cuerpos se pudran o sean devorados por las alimañas. Por eso, están obligados a la cautela y al uso de la inteligencia para eludir a sus perseguidores.

Sin embargo, en ellos habita un fuerte componente solidario que destaca de inmediato: una ética que los ciñe a códigos implícitos de ayuda mutua. No sé si en realidad se hayan comportado de este modo semejantes hombres, los auténticos piratas, dados a la bebida y a la celosa protección de su patrimonio personal, logrado a través del robo, el asesinato o saqueo indiscriminado de cuanta embarcación apareciera en su radio de acción.  Es explicable que tales sujetos se transformaran en auténticos iconos de fiereza, libertad e indiferencia por la muerte.

Volviendo a la novela de Salgari, esos perfiles no están ausentes, por cierto, y contrastan  con el  taciturno Corsario Negro, un caballero habilísimo en el uso de la espada, las pistolas, y en la organización de estratagemas que burlen al adversario cuando este lo supera en número. Esto queda graficado con toda claridad en los capítulos iniciales: luego de rescatar a los aguerridos filibusteros Carmaux y Van Stiller, se dirige a Maracaibo para recuperar con audacia el cadáver de su hermano, el Corsario Rojo, que pende de la  horca en la plaza de Maracaibo junto a quince de sus acompañantes.

También es visible su carácter temerario en el episodio de la huida, recurriendo a la treta de volar en mil pedazos la casa de un notario. Llama la atención el apego extremo a reglas de escrupulosa caballerosidad y respeto por el rival vencido. Evidentemente, es un hombre de acción embargado de una moral que lo impele a tomar decisiones que con probabilidad colisionan con la perspectiva más utilitaria o pragmática de los tripulantes de “El Rayo”, la invencible nave que no duda en conducir él mismo en medio de huracanes. No obstante, nadie, ni el más avezado rufián,  osa cuestionar esas actitudes o rebelarse, pues la fuerza magnética e incluso sobrenatural que emana de él es suficiente barrera para cualquier insubordinación.

A propósito de la personalidad contenida y al mismo tiempo apasionada de Emilio di Roccabruna, quiero traer a colación el paralelismo con otro de los más grandes héroes que hallaron su hogar y tumba en los mares. Me refiero, por supuesto, al entrañable capitán Nemo, cuyo submarino, el Nautilus, también ganó para sí los sueños de los millones de lectores del francés Julio Verne, un correlato perfecto de Salgari.

Al igual que el autor italiano, Verne también vivió en un mundo de cambios y proyectos en torno del progreso. Su inmensa producción abarca más de setenta títulos, varios de los cuales se adscriben a la “narrativa del Mar”, como Veinte mil leguas de viaje submarino, La isla misteriosa, Un capitán de quince años, Escuela de Robinsones, Dos años de vacaciones, Una ciudad flotante o Los piratas del Halifax, solo por mencionar algunas de sus novelas más conocidas dentro del género.

Precisamente en las dos primeras de las ya mencionadas, el eje es el taciturno capitán, cuyo pasado también ejerce una carga difícil de sobrellevar: es un rajá de origen indio que le ha declarado la guerra a las potencias imperiales del siglo XIX, atacando sus barcos a la menor oportunidad que se le ofrezca.

Nemo acusa a estos países de expoliadores y de haber causado la muerte de su familia. Apátrida, su maravilloso navío, que puede producir electricidad del mar, surca las aguas a la búsqueda de presas. Tampoco reclama botines; su tripulación, también fiel hasta la muerte, pertenece a varias nacionalidades. Él, sin ser un pirata o corsario, utiliza muchas de sus tácticas. Carece de bandera, excepto la enseña de su embarcación. Su nombre significa “Nadie”, un renegado refinado, anarquista y culto (es músico, científico, inventor, protector de las profundidades), y al mismo tiempo, capaz de actos de violencia incontenible incluso contra especies marinas que considera “despreciables”, a las que aniquila sin piedad, como calamares gigantes u orcas. Por otro lado, ayuda a poblaciones pobres de los países colonizados por las potencias, con las que se mantiene en estado de guerra permanente.

Los parecidos no son fortuitos. Es factible rastrear en Salgari la gran influencia de Verne -cuarenta años mayor que el italiano-, en la construcción tanto del Corsario Negro como de ese otro emblema, Sandokán, con quien comparte, incluso, más semejanzas en cuanto a origen y móviles. El desapego y desprecio olímpico de estos capitanes respecto del dinero (Nemo lo consigue, por ejemplo, del fondo del mar, gracias a campos de perlas inagotables a los que solo el Nautilus puede acceder) y su febril atracción por desafiar los peligros -sin que nada los amilane- son los principales soportes de un atractivo aún vigente.

El Corsario Negro, por su parte, lucha contra los españoles (la potencia del S. XVII en América) pero, al mismo tiempo, ha focalizado su odio en el Gobernador flamenco de Maracaibo (una probable licencia de Salgari, pues las autoridades del puerto al parecer siempre fueron españolas, excepto en los primeros años de su fundación por alemanes, en el siglo XVI).

No obstante las semejanzas, también se notan las diferencias sustanciales, sobre todo en el terreno amoroso: ahí donde Nemo parece haber renunciado cual monje, fiel al recuerdo de su esposa fallecida, el Corsario se rinde, librando una fuerte lucha interna ante la belleza de una noble flamenca, Honorata, a quien por casualidad captura luego de hundir una embarcación de los detestados españoles y de quien se enamora. Y libra esa lucha porque una gitana le ha advertido que una bella mujer  a la que amará podría ser la causa de su muerte. Son los pasajes donde el temible hombre  muestra sus fibras más íntimas y humanas, bordeando lo trágico.

Lo que el mar o los enemigos jamás logran lo hace la delicada duquesa, a quien el Corsario alojará en su propio refugio de la isla Tortuga, sin más exigencias que disfrutar de una cena (preparada con afecto creciente por la misma Honorata) y una conversación junto a ella, antes de embarcarse para entablar la batalla final contra su mayor enemigo. Es obvio que ella ya está rendida a sus pies, pero guardando las formas con corrección, como corresponde a mujeres de su alcurnia.

Retomando otras conexiones con Verne, estas se delatan en el interés por brindar datos enciclopédicos e información fidedigna acerca de lugares y costumbres. Quizá en Salgari, la erudición siempre queda supeditada a lo apasionante de sus tramas, pero no deja de ser apreciable la preocupación por datos comprobables que contribuyan a la verosimilitud de las peripecias. En El Corsario Negro, figuran detalladas referencias no solo a la geografía, sino además a la flora y fauna de los diversos lugares donde transcurren los hechos.

Las virtudes de Salgari como narrador son indiscutibles: opta por la intensidad, antes que por la tensión; es decir, privilegia la inmersión directa en los hechos antes que el lento acceso a ellos. El ritmo es notable y obliga al lector a comprometerse sin pausas o treguas que provoquen un descenso en el interés. Eso no es obstáculo para que  la visión idealista del autor sobre los eternos valores de nobleza, desprendimiento y sacrificio salga a relucir, no a través de farragosas observaciones, sino a través de decisiones firmes y actos concretos.

Salgari sigue los lineamientos del Romanticismo tardío, revitalizando tópicos ya puestos casi en desuso por el auge del Naturalismo, movimiento literario del cual era contemporáneo y que empezaba a posesionarse de la escena en países vecinos, como Francia.

El autor no quiere presentar a sus personajes como si fueran descarnados seres de laboratorio, a la manera de Zola, constreñidos a los grises horizontes de una burguesía conformista. Su opción es más sencilla, a lo mejor menos ambiciosa  y acorde con el mercado que debe satisfacer; pero en ese tránsito eleva la novela del mar a alturas increíbles. Resulta crepuscular, porque es consciente de que esas virtudes ya están extinguiéndose para dar paso a un mundo más escéptico, frío y calculador, el del siglo XX y sus amenazas contra la libertad. Su influencia se prolonga hasta nuestros días: cualquier filme de esta temática, por ejemplo, lleva la huella de los paradigmas que él creó.

Es sintomático que en Europa se haya producido la mayoría de películas inspiradas en sus novelas. Hollywood prefirió adaptar las historias del cumplidor novelista Rafael Sabatini, compatriota menor que Salgari y autor de novelas del género muy conocidas como El Cisne Negro, El Capitán Blood y El Halcón del Mar. Sabatini sigue la escuela de Salgari en muchos detalles, pero no llega a igualarlo ni en dramatismo ni el planteamiento de dilemas interiores en los que el padre literario de Sandokán es insuperable.

Es, con seguridad, el último autor clásico de la narración de tema marino: el que firma con hondura su acta de defunción, pues retrata un mundo de arquetipos literarios que ya había comenzado a extinguirse y que él clausura con historias que son una muestra acabada de la corriente, pero teñidas de un sabor melancólico y de nostalgia por el paraíso perdido.

De algún modo, Salgari cifró en el Corsario su desazón y rebeldía ante la hostilidad del mundo, que parece ensañarse con aquellos que asumen un camino distinto, libre de las ataduras impuestas por las convenciones sociales.

No es un escritor anticuado ni ingenuo: todo lo contrario. Probablemente es más moderno que lo dictado por las simples apariencias. Sus novelas continuarán cautivando no solo por lo apasionantes, sino por la calidad artística y sabiduría que trasuntan. Quizá sea el momento de recuperarlo para las generaciones de hoy, tan huérfanas de inspiración ética ante la avalancha de discursos que reducen a los hombres y mujeres a meros consumidores, sin espacios para asumir con valentía y entereza las luchas contra la iniquidad de un modo reflexivo, pero también dispuesto al compromiso ineludible por los otros.

*Escritor y crítico literario. Autor de los libros de cuentos Año sabático (2000), El mascarón de proa (2006) y Los espectros nacionales (2008), y de la novela El misterio de la Loma Amarilla (2009). Profesor de la Universidad del Pacífico y de la Universidad de Lima.

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